Las palabras son portadoras de ideología e instrumentos de poder, elementos cargados de significado y memoria.

Miles de etiquetas culturales nos son impuestas desde que nacemos, obligándonos a comportarnos y pensar a las personas de formas simplificadas y clasificadas, marcándose así diferencias de género y estableciendo fuertes prejuicios. Pero si todo es una construcción, existe la posibilidad de deconstruir, de desorganizar o subvertir dichas etiquetas para así reflexionar sobre cómo nos han configurado histórica y socialmente y cómo configuramos a las otras. Podemos pues, comenzar a construirnos, pensarnos y decirnos desde lugares elegidos y situados.

A lo largo de la historia, el sujeto categorizado como Hombre ha despojado a mujeres y otras subjetividades subalternizables, tornándolos en privilegios a sí mismo. Lo más preocupante es cómo ha conseguido calar en los cuerpos de las mujeres hasta que ellas mismas se han creído merecedoras de dichas desposesiones. Dentro de la pieza, las mujeres estamos presentes de forma cruda y directa sin embargo la figura Hombre, aparece de forma psicológica, como un manto ideológico que de tanto haberse impuesto, se ha naturalizado. Un muro de ladrillo que tapia una ventana. Una ventana que conecta lo público y lo privado, una tapia que revela el artificio y la violencia.